
BIOGRAFÍA
DE LURIA
Alexander
Romanovich LURIA, psicólogo y médico, nació el 16 de Julio de 1902, en
Kazan,
Rusia. Hijo de padres judíos, Roman A. Luria, médico, y Eugenia Hasskin.
Ingresó
en la Universidad de Kazan a los 16 años y obtuvo el grado de licenciado en
1921,
con
19 años. Siendo estudiante, centró su interés e investigación en la búsqueda de
métodos
objetivos para evaluar las ideas psicoanalíticas sobre las anormalidades del
pensamiento
y los efectos de la fatiga sobre los procesos mentales.
Es
reconocido en todo el mundo como uno de los eminentes e influyentes psicólogos
del
siglo
20. Era un prominente psicólogo soviético que realizó avances en muchas áreas,
incluyendo
la psicología cognitiva, los procesosde aprendizaje y el olvido y retraso
mental.
Uno de sus más importantes estudios trazó la forma en que los daños a las áreas
específicas
del cerebro afectan el comportamiento humano.
Los
desarrollos del psicoanálisis de Freud y especialmente los de Jung cautivaron
rápidamente
la mirada del pensador ruso. Finalmente llegaría a conocer a Vigotsky (1924)
en
el Instituto de Kornilov.
Fue nombrado
profesor (1944), Doctor en Pedagogía (1937) y Ciencias Médicas (1943).A
lo
largo de su carrera Luria trabajó en una amplia gama de campos científicos en
instituciones
Se
especializó en el estudio de la fisiología cerebral y de los trastornos del lenguaje
y de la
memoria.
Estableció una relación entre los mecanismos cerebrales y las funciones
intelectivas
del hombre y llevó a cabo diversas investigaciones relativas a los enfermos.Contribuciones
Por
sus peculiaridades fundamentales, la actividad consciente del hombre se
distingue radicalmente del comportamiento individualmente variable de los
animales.
Las
diferencias de la actividad consciente del hombre se condensan en tres rasgos
fundamentales, diametralmente opuestos a aquellos con los que acabamos de
caracterizar la conducta del animal.
La
primera de esas particularidades consiste en que la actividad consciente del
hombre no está forzosamente relacionada con motivaciones biológicas. Es más, la
inmensa mayoría de nuestros actos no tiene como base inclinaciones o
necesidades biológicas de ninguna índole. Como regla, la actividad del hombre
se guía por complejos imperativos que a menudo llaman «superiores» o
«espirituales». Entre ellos figuran las necesidades cognoscitivas, que impulsan
al hombre a la adquisición de nuevos conocimientos; la necesidad de
comunicación; la necesidad de ser útil a la sociedad y ocupar en ella
determinada posición y así sucesivamente.
A
menudo nos tropezamos con situaciones en las que la actividad consciente del
hombre no sólo deja de subordinarse a los influjos y necesidades biológicas,
sino que entra en conflicto con ellos y hasta los reprime. Son bien conocidos
los casos de heroísmo, en los que el hombre, movido por las elevadas
motivaciones del patriotismo, cubre con su cuerpo los cañones de las armas y se
lanza bajo un tanque y perece, hechos ejemplares de la independencia del
comportamiento humano con respecto a las motivaciones biológicas.
Formas
similares de conducta «desinteresada», a las que no subyacen motivos
biológicos, no existen entre los animales.
El
segundo rasgo distintivo de la actividad consciente del hombre radica en que -a
diferencia del comportamiento del animal- ella no está determinada en absoluto
ni forzosamente por impresiones vivas recibidas del entorno o por las pautas de
la experiencia individual directa.
Sabemos
que el hombre puede reflejar las condiciones del medio con una profundidad
incomparablemente mayor que el animal. Él puede abstraerse de la impresión
directa, penetrar en los profundos nexos y relaciones de las cosas, conocer la
dependencia causal de los acontecimientos y, una vez desentrañados éstos,
orientarse no a las impresiones externas, sino a regularidades más profundas.
Así, pues, al salir en un día claro de otoño a dar un paseo, el hombre puede
llevar consigo el impermeable, pues sabe que la estación otoñal es inestable.
Aquí se supedita al hondo conocimiento de las leyes de la naturaleza, y en modo
alguno a la impresión directa que le causa el tiempo, claro y soleado. Cuando
el hombre sabe que el agua de un pozo está envenenada, jamás beberá de ella,
aunque sufra ardiente sed; en este caso se guía al fijar su comportamiento no
por la impresión directa del agua, que le atrae, sino por un conocimiento más
profundo de la situación en que él se encuentra.
La
actividad consciente del hombre puede guiarse no por la impresión directa de la
situación externa, sino por un conocimiento más profundo de las leyes
intrínsecas que hay tras ella; de ahí que haya todas las razones para decir que
la conducta del hombre basada en el conocimiento de la necesidad es libre.
Finalmente,
hay una tercera peculiaridad que distingue la actividad consciente del hombre
respecto al comportamiento del animal. A diferencia del animal, cuyo proceder
tiene sólo dos fuentes: 1) los programas hereditarios de comportamiento
inherentes al genotipo, y 2) los resultados de la experiencia individual,
particular; la actividad consciente del hombre tiene además una tercera fuente:
una inmensa proporción de los conocimientos y de las artes del hombre se forma
por vía de asimilación de la experiencia del género humano, acumulada en el
proceso de la historia social y que se transmite en el proceso de la enseñanza.
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